
El sol me ciega al llegar al saliente del acantilado, y el sonido de las olas chocando contra las rocas me hace estremecer de emoción. Mientras me asomo al vacío, inmune al vértigo, noto el suave rozar de las plumas en mi espalda, y una maravillosa sensación de libertad se apodera de mí por completo. Por primera vez desde que tengo memoria, la suave brisa de la mañana me resulta esperanzadora.
La mano de mi padre se posa en mi hombro, ayudándome a mantener la calma. Me giro expectante, y a nuestras espaldas, tras las copas de los árboles, veo alzarse la enorme torre que ha sido mi hogar y mi prisión durante toda mi vida. La observo durante unos segundos, y finalmente sonrío. Tengo la certeza de que será la última vez que la veré.
- 'Recuerda todo lo que te he dicho, hijo' - El semblante de mi padre pretende ser severo, pero es evidente que apenas puede contenter la emoción. Rápidamente me contagia, y al intentar esbozar una mueca tranquilizadora no puedo más que reirme. Él parece ignorarme, y continúa - 'No te acerques demasiado al sol, pues las alas son frágiles y la cera que sujeta las plumas más pequeñas se derretiría. Cuídate también de acercarte demasiado al mar, pues no podrías remontar el vuelo'. Intento tranquilizarle repitiendo sus palabras, y las lecciones aprendidas durante las semanas de preparación acuden a mi mente de inmediato. Nada podía salir mal; habíamos repasado el plan demasiadas veces. Sólo quedaba dar el último paso, el salto que nos sacaría de allí.
- Vuela con cuidado, Ícaro. - Acto seguido saltó del acantilado, precipitándose hacia las rocas. El corazón me dió un vuelco y por un momento creí que no lograría ascender, pero justo cuando me colmaba la desesperanza sus alas se alzaron por encima del precipicio como las de un pegaso. Tras unos giros de comprobación, levantó la mano en señal de aprobación. Era mi turno.
Acompañé el salto con un fuerte batido de brazos y comencé rápidamente a ganar altura, hasta situarme a una distancia prudencial de mi padre. Debajo de nosotros, el sol proyectaba nuestras sombras sobre la piedra del acantilado como único recordatorio de toda una vida. Con Creta desdibujándose en la distancia y el viento entonando una melodía indescriptible, tomamos rumbo a Sicilia. Por fin éramos libres.
Pasaron las horas, y pronto sobrevolamos Samaos y Delos. Las corrientes de aire hacían la mayor parte del trabajo, por lo que no me encontraba cansado y mi emoción iba en aumento. El sol parecía sonreirme y atraerme hacia él, y durante un instante los consejos de mi padre parecieron confusos y vacíos. De pronto, como si no lo hubiese pensado hasta ese momento, la plena conscencia de mi situación me golpeó; estaba volando. Volando como un pájaro, o como un dios. ¿Cómo podía Apolo enviarme a la muerte, ahora que había llegado tan lejos? Y aquel enorme sol seguía brillando mágicamente, invitándome a tocarlo. No, no había forma de caer al mar; ahí arriba, suspendido en el aire, no había nada que no pudiera hacer. Tomé una decisión, y el batir de mis brazos comenzó a alzarme aún más.
Dédalo se dió cuenta demasiado tarde. Yo ya había doblado su altura, y sus frenéticos gritos apenas eran leves murmullos en la distancia. Mi corazón latía con fuerza a medida que el sol se agrandaba, tan magnífico. Apenas fuí consciente cuando la cera comenzó a derretirse, y las plumas a desprenderse. Sólo imprimí más fuerza al agitar de las alas cuando éstas dejaron de otorgarme impulso, y el esfuerzo no hizo más que avivar mi determinación. Alcanzaría el sol o moriría intentándolo.
No fue hasta que empecé a caer cuando me dí cuenta de lo que ocurría. En un último esfuerzo, mientras la cera corría por mi espalda, estiré mi brazo hacia el ahora burlón sol. El viento dejó de sostenerme y comencé una caída en picado hacia el mar, que parecía recibirme con los brazos abiertos. No tuve tiempo a arrepentirme, ni a hacer una última reflexión. Sólo a cerrar los ojos, y a anhelar por última vez tocar el sol.