miércoles, 16 de diciembre de 2009

Azul pálido.




En cuanto la nave se estabiliza me atrevo a mirar por la ventana de la escotilla, y mi corazón da tal vuelco que apenas reprimo las ganas de gritar. El silencio reinante, que hasta entonces me había resultado insoportable, parece llenar el momento y volverlo aún más mágico. La tierra a billones de kilómetros; un diminuto punto azul que alberga todos mis recuerdos. A su alrededor, un mar de estrellas apenas visible.

La visión de aquel enorme vacío me golpea de repente, y no puedo evitar pensar que, en realidad, ninguno de los problemas que mi mente puede abarcar tiene o tendrá nunca importancia. Que el hambre, la guerra o el odio son trivialidades en este vasto universo. Que yo no soy nada.

La orgullosa humanidad reducida a una esfera apenas visible. ¿Qué significa nuestra existencia? Mañana podríamos desaparecer y este sobrecogedor vacío continuaría imperturbable. Miles de millones de vidas, de personas, que podrían no haber sido nunca. De pronto comprendo todo: me doy cuenta de que sin algo mayor, un objetivo, uno nunca valdrá nada. Que un hombre necesita algo más que su insignificante existencia. Entonces, ¿cómo puedo seguir viviendo, sabiendo esto? Y de pronto logro comprender toda la brutalidad, todas las aberraciones cometidas en nombre de algo más grande; Dios, la patria, la libertad. Todo se ve justificado ante aquel efímero azul pálido que representa el sufrimiento y el placer, el odio y el amor de miles de generaciones.


Pero la confusión pasa y el efecto hipnótico se desvanece. Junto a esa desesperanzadora certidumbre comienzan a aparecer imágenes y recuerdos; de mi vida y de la vida de otros. En ese momento, pese a no poder explicarlo de forma racional, soy consciente de que cada pequeño detalle, cada pequeña vida, vale más que cualquier dios o que cualquier patria. Porque si una sóla vida no vale nada, ¿qué más puede valer un mero concepto, un ideal? ¿Qué clase de justificación puede tener la muerte de miles, insignificantes pero reales, en favor de una ilusión? Ninguna. Porque ante este aterrador infinito, a lo único a lo que nos podemos aferrar es a la vida.

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